jueves, 19 de abril de 2012

Pesadillas





Una luz clara, casi deslumbrante, me baña mientras siento el frescor de la hierba bajo mis pies. 
Al abrir los ojos, contemplo el horizonte que se extiende ante mí, tranquilo y apacible, como si fuese un edén; un paraje totalmente virgen por descubrir; y la luna y el sol brillan juntos y distantes en el cielo, como si quisiesen compartir un instante sin tener que abandonar sus puestos de vigía, resistiéndose a desaparecer.
A medida que va pasando el tiempo y la luz se hace más intensa, una sombra tímida pero imponente, va haciendo su aparición, lenta pero segura, empezando a romper la continuidad de mis pensamientos y la paz que respiraba. Miro a ambos lados, y hacia el firmamento, pero no veo nada, no hay ningún cúmulo de nubes que se acerque: el horizonte verde sigue 
mecido por la brisa, y la hierba me hace cosquillas en los pies.



 Sólo cuando doy media vuelta la veo, alta e impasible mientras todo se rinde ante sus pies, incluso yo.... A mi espalda, surgida de la nada, hay una torre. Una torre sin defensas pero que, aún así, tiene un aspecto tan inquebrantable que me hace contemplarla casi sin pestañear, por si su forma pudiese desvanecerse ante mis ojos tan pronto como se ha presentado ante ellos. Me quedo de pie durante un largo lapso de tiempo, con los ojos alzados y muy abiertos intentando discernir algún punto débil, tan concentrada escudriñando su estructura, que casi llega a parecerme que el resto del mundo se ha evaporado; no existe nada más. Mientras la estudio, me siento a divagar ante sus puertas, y en mi cara empieza a dibujarse una sonrisa ausente imaginando lo que puede habitar al otro lado de los gruesos muros, pero el instinto me hace quedarme quieta y siento un ligero vaivén en el estómago mientras se borra mi sonrisa y sigo escuchando dentro de mí que debo observar, estarme quieta. No respirar. Todo mi cuerpo se resiste a entrar. No quiere intentarlo, ni quiere descubrir. 
Su esqueleto de ladrillo no lo puede percibir pero la miro atenta desde mi ensueño, dejando que vaguen por mi subconsciente cada posible teoría que forja junto a mi imaginación, mientras el juego de luces continúa creando matices cálidos a mi alrededor.
Observo como un niño cuando mira el parque tras la ventana en los últimos días 
de clase que preceden al verano, y me dejo llevar… 
Mi subconsciente empieza a jugar conmigo, y hace que la brisa comience a arrastrar frases que creen no haber sido escuchadas; y al reproducirlas en mi memoria hacen que me estremezca un poco.
De la torre, entonces surge una risa que conozco perfectamente. Mi risa, alta y alegre invade por un momento todo el paraje en el que me encuentro y sonrío al evocar los momentos de aquella risa libre y alta... me acuerdo entonces que fue en ese momento cuando me hacía la fuerte, y fabriqué un muro que resultó ser de cartón piedra... pero dejo que el resto de instantes se vaya perdiendo en la oscuridad, para evitar seguir rememorando esos instantes que me hicieron daño pese a haberme hecho feliz en algún punto...
De repente esa risa feliz y espontánea se torna lacerante y hace que mi estómago vuelva a encogerse. He confundido el mensaje que mi interior me lanzaba y comprendo que tengo que dar la vuelta. Tengo que dejar de mirarla, y debo alejarme de ella. 
Al tratar de hacerlo, todo el paisaje sereno que me envolvía ha desaparecido. Entre mis pies no hay hierba sino una especie de barro, negro e infecto que trepa por mis pies y parece querer anclarme al falso vergel en el que me creía protegida. 
¿Cómo he llegado hasta aquí? No me he movido, sólo me di la vuelta para observar, pero... entonces, ¿qué está pasando? No puedo pensar.
La risa sigue invadiéndolo todo de manera ensordecedora, y el cielo antes azul comienza a mudar a un encarnado axfixiante y algo comienza a chirriar, perforando mi cabeza y provocando que me proteja rodeándome con los brazos, rendida sobre ese barro emponzoñado que me arrastra sin dejarme escapar, mientras el chirrido se torna en un grito agudo que no puede ser real, no puede ser así de desgarrador...


Y no lo es.

Son las 9 y media de la mañana.
El despertador lleva sonando un cuarto de hora, y yo estoy hecha un ovillo en menos de la mitad del colchón con los brazos alrededor de mi cabeza y el perro temblando sobre mis piernas mirándome con cara de circunstancia y cierta extrañeza... 

¿Os he dicho alguna vez, que odio las pesadillas?




"I'm living in an age

that calls darkness light

though my language is dead,
still the shapes fill my head.
I'm living in an age
whose name I don't know
though the fear keeps me moving, 
still my heart beats so slow...
Set my spirit free.
Set my body free."

viernes, 6 de abril de 2012

Cierra los ojos y respira



Dicen que si eres fuerte todo pasa mejor. Resistes más cuando te golpean, te hieres menos cuando caes y te duele menos que se te rompa -o te rompan- el corazón. Dicen que tu tolerancia al dolor aumenta, y la gente empieza a tratarte como si tu parte sensible se hubiese extinguido y todo pudiese deslizarse por tu mente, pero sin llegar a empaparte. Como si fueses capaz de todo, como si nada pudiese contigo.

Lo que nadie dice es que toda fortaleza tiene un límite, que toda capacidad de resiliencia no es infinita. Nadie es capaz de expresar lo que pasa cuando te quedas sin aliento y pierdes tu capacidad de reacción, y con ella todo norte y todo entendimiento.
Hace días que dejé de comprender al mundo. La fiebre y las pesadillas de las semanas pasadas se han fusionado con la lluvia, el agobio y la frustración y muchas veces siento que no me dejan levantar la mirada de los charcos que hay en el suelo, esperando que en algún momento mi reflejo me de la solución.
Mientras sigue lloviendo, intento que se vaya la horrible sensación de no ser capaz de seguir adelante, de haberme estancado de alguna manera y no poder volver a mirar al instante en el que estoy como lo hacía hasta ahora, de no poder dejar en letargo todo lo que ha ido aflorando las últimas semanas.

Suelen decir que lo mejor cuando todo se recrudece y se rasga parte de tu concepción del mundo es dejar ir el peso que te aprisiona y reconfortar el espíritu al calor del desahogo. Dicen que sólo tienes que esperar a que llegue un nuevo día, a ver lo que trae la marea, y dejar que se lleve todo aquello que te oprime... Pero cuando no puedes hacerlo, cuando toda esa tristeza te golpea sin tregua y parece que el alma se lamenta fatigada, no hay desahogo que calme el desasosiego que sientes.

Porque la verdad es que por fuerte que hayas tenido que hacerte, entre latido y latido, entre ola y ola, sólo puedes seguir resistiéndote a naufragar.

Quizás tengan razón en una cosa de todas las que dicen: que tienes que centrarte en respirar.

Sólo puedes pensar en seguir respirando.